domingo, 20 de junio de 2010

“Guau” fue todo lo que pude exclamar cuando Javier me llevó a conocer por primera vez el mar. Recorrimos un largo trecho por el borde del agua, un poco pisando la arena, un poco siendo mojados por la espuma acuosa. Un poco corriendo, un poco caminando, nos fuimos llevando hasta una playa desierta, limpia, prácticamente intocada (excepto por las huellas de algún vehículo, que seguramente habría pasado sin que nadie lo viera, así como tampoco había nadie mirándonos a Javier y a mi en aquel entonces). En esa sublime porción del mundo, en ese ínfimo punto del Universo, pasamos casi toda la mañana. El lugar era increíble, logró despertar todos mis sentidos a la vez. Incluso sin probarlo, podía saborear el mar, podía saborear la arena, y el cielo. ¿Saben? Javier y yo nos dejamos solos por un rato, aún estando al lado. Cada uno se acomodó como quiso, e interpretó como quiso ese regalo que nos rodeaba. Yo estaba atolondrada, entre el viento rozando mi cara, el aroma a mar, la visión paradisíaca, la arena tibia debajo mío, y la paz. Javier, no se, Javier no emitía palabra, de a ratos se movía un poco, de a ratos sacaba alguna foto. Yo me acosté en sus piernas y el empezó a acariciarme, dulcemente, como cuando me necesita y no quiere decírmelo. Entonces me acomodé y le dí un gran beso para que supiera que estaba con él, y el me miró medio sonriendo, y entrecerró los ojos, pero no hizo nada más. Yo lo miré también, como esperando a que haga algo, esperando alguna respuesta que nunca llego. Resignada fui caminando sola hacia el mar, despacito, mirando cómo la arena se amoldaba a mis pasos. “La arena soy yo y los pasos Javier”, pensé. A punto estaba de zambullirme cuando Javier se me acercó y me abrazó, y me dijo “te amo” al oído. Listo. Era todo lo que necesitaba escuchar, y creo que era todo lo que el necesitaba decir. Me giré y le di otro beso, solo que estaba vez el me dio uno a mi después. Y otro. Y otro. Nos metimos juntos al mar y al rato salimos, porque el agua estaba algo fría. Mientras nos secábamos al sol, Javier me preguntó “¿y Sarita, te gustó el mar?”, a lo que yo respondí “guau, guau”, moviendo mi cola dorada de Golden Retriever y tratando de imitar ese gesto que suele hacer él, al que le dice “sonrisa”.
 

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